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Una puntada a la vez: creando relaciones para la conservación

By on March 12, 2026 in News

¿Qué sucede cuando dos conservacionistas de diferentes países descubren que se han estado haciendo las mismas preguntas?

Este blog colaborativo narra cómo sus experiencias compartidas con los anfibios, las voces de las mujeres y la participación de la comunidad dieron lugar a nuevas formas de conectar a las personas con la naturaleza.

Carolina Mildred Rivera González, exalumna mexicana del programa EDGE generación 2021

Todo comenzó con una simple idea de conectar un proyecto socioambiental en mi área de estudio. En 2021, mientras desarrollaba mi proyecto de beca EDGE sobre salamandras endémicas en Cuetzalan, Puebla, quería diseñar actividades de educación ambiental que reflejaran genuinamente quién era yo. Sabía desde el principio que sería esencial involucrar a las comunidades locales, pero no estaba segura de qué actividades podrían generar un impacto significativo.

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Como muchas cosas en la vida, la respuesta llegó de forma inesperada. Durante una caminata de una hora hacia un sitio de muestreo en una comunidad llamada Tacopizacta, una mujer muy amable se acercó a nuestro equipo y nos preguntó si podíamos bajar juntos a la comunidad, solo para tener compañía. Inmediatamente se me ocurrió una idea. Vi ese momento como una oportunidad para hacerle preguntas sobre su percepción del entorno local, los animales con los que convivía y cómo era la vida cotidiana para ella y su comunidad.

Durante todo el recorrido, el equipo conformado por cuatro integrantes quedamos cautivados por todo lo que compartió con nosotros. Su comprensión del bosque de niebla y los anfibios, los temas que más nos interesaban, era muy diferente de todo lo que habíamos escuchado antes en la zona. Hablaba con un sentido profundo de conexión con su entorno. El camino se nos hizo muy rápido, pero la experiencia se nos quedó grabada. Queríamos saber más, así que le preguntamos si podíamos volver para hablar con más miembros de su familia y ella nos invitó a su casa al día siguiente.

El día después llegamos y nos recibieron cálidamente, y tuvimos la oportunidad de hablar con varios familiares. Sin embargo, notamos algo interesante. Nuestra compañera de viaje había cambiado su forma de expresarse. Estaba más callada, más reservada y centrada en las tareas domésticas. Cuando le preguntamos por lo que nos había contado el día anterior, sus respuestas fueron breves. En ese momento, me sentí agradecida de haberla conocido en el camino y de no habernos perdido una conversación tan sincera y valiosa. Recuerdo que hablé con mis compañeros de equipo y nos pareció curioso el cambio, pero llegamos a la conclusión de que quizá no se sentía cómoda expresándose delante de otros miembros de la familia o simplemente estaba ocupada atendiéndonos.

En muchas partes de México, especialmente en las pequeñas comunidades rurales, sigue siendo muy común que los hombres sean los jefes de familia, los encargados de hablar en público y expresar opiniones, mientras que las mujeres asumen otros roles, principalmente el cuidado y la alimentación, con una participación limitada en otras actividades.

Las ideas que nos aportó nuestra compañera de camino fueron muy valiosas y nos llevaron a organizar una actividad diseñada específicamente para conocer a las mujeres locales, aprender de ellas y no perdernos todo lo que podían compartir con nosotros. Tenía que ser algo que les proporcionara un lugar seguro y acogedor donde expresarse. Aunque en general creo que las actividades deben estar abiertas a todos, en este caso quería encontrar algo que atrajera principalmente a las mujeres a un espacio donde se sintieran cómodas. Esto significaba encontrar algo que los hombres probablemente no les llamara la atención. En ese momento recordé algo que disfrutaba mucho con mis abuelas y que, sin duda, al menos en mi país, muy pocos hombres hacían: bordar.

Así nació A-bordando Anfibios: un juego de palabras con las palabras «abordar», verbo que utilizamos en español para acercarse a alguien, y «bordar» expresión de arte textil principalmente. La idea era utilizar telas e hilos para conectar con las mujeres, conocerlas, escuchar sus ideas y percepciones, y pasar tiempo juntas lejos de casa y de las tareas cotidianas.

Desgraciadamente, por motivos logísticos, no pudimos llevar a cabo la actividad en la comunidad en ese momento, pero seguí con la idea. Dos años más tarde, mientras vivía en La Habana, Cuba, se llevó a cabo un proyecto piloto de A-bordando Anfibios con un grupo de mujeres en un contexto totalmente diferente.

La experiencia fue muy satisfactoria a nivel personal, con muchos comentarios y diversidad de opiniones y creencias. Hablamos de los anfibios, de lo que pensaban sobre ellos, del medio ambiente, y creamos juntas. Puede que las piezas bordadas no fueran obras de arte, pero el tiempo que pasamos bordando juntas es algo que siempre atesoraré.

A partir de esa experiencia, conecté con alguien con ideas similares a mí. El nuevo grupo de EDGE Latinoamérica había seleccionado a Mariam Cruz de Cuba, quien resultaba vivir a unas cuantas cuadras y quien también trabajaba con anfibios.

Mariam Curbelo Cruz, actual becaria cubana de la generación 2024 del programa EDGE Fellowship.

Y así, de manera espontánea, en las calurosas calles de La Habana, conectamos Carolina y yo. Dos fellows de dos cohortes y contextos diferentes, pero con el mismo amor por la conservación y la conversación. Las vivencias que Carolina narra acá, y otras contadas entre cafés y charlas, crearon un gran impacto en mí. Fue conversando con ella que caí en cuenta de que, en los talleres que ya habíamos realizado en la comunidad donde se desarrolla nuestro proyecto, solo una mujer había participado. Esto se debe a que la mayoría de los trabajadores de las áreas protegidas son hombres, al menos en nuestra región de trabajo.

El entretejido complejo de la vida me llevo también a conocer a Karen, una estudiante de Biología que se ha consagrado mucho con el proyecto. A ella su abuela la enseñó a tejer desde niña. Era la magia que faltaba: entre ambas, y con la inspiración de Carolina, planificamos “Tejiendo y conservando”, un taller dirigido a toda la comunidad, pero enfocado en las mujeres. Este tipo de iniciativas fluyen por peso propio. Durante años las mujeres se han reunido para conversar, pero nuestras mentes hiperactivas o la carga de las ocupaciones latentes a veces nos impiden hacer una actividad a la vez. Bordar, tejer, coser han sido fieles acompañantes de nuestras manos inquietas, una excusa para conversar y ventilar.

Durante tres momentos diferentes Karen y yo abordamos a un grupo de jóvenes y mujeres de dos comunidades. El objetivo era sencillo, conversar acerca de los anfibios y del proyecto, mientras enseñamos a tejer una ranita. Pero antes de poder enseñar a tejer, primeramente Karen me tuvo que enseñar a mí. El viaje de 16 horas nos bastó para darnos cuenta de lo complejo que era enseñar una habilidad manual, pero logró enseñarme con menos pérdida de paciencia de la esperable.

Probamos la idea primeramente en la comunidad río arriba. Las mujeres de allí son parte de una familia que nos ha acogido durante todas las expediciones, así que teníamos la confianza de aprender a enseñar junto con ellas. Ese primer taller piloto tuvo una duración de tres horas, lo cual se tornó muy extenso y decidimos para la próxima experiencia realizar la actividad en dos partes.

Caminando río abajo, en el pueblo, junto con la promotora cultural organizamos el segundo taller, al lado del río, con unas 10 muchachas, de todas las edades. Nos dividimos en dos y, entre risas y ranitas, logramos superar la parte uno y ya todas estaban haciendo cadenetas. Seguimos un modelo igual al de Carolina: por cada puntada o tipo de técnica hacíamos una pausa para conversar sobre la importancia de los anfibios, saber qué pensaban de ellos y su rol ecológico. Aprendimos que el sonido de la ranita se confunde con el de un grillo, que algunas mujeres les temen a las ranas, pero no tanto como esta estigmatizado en la sociedad y que se conoce muy poco de la diversidad de ranas del área, normalmente la Rana platanera se lleva el protagonismo de las historias.

El segundo día hicimos la segunda parte, pero la palabra se corrió y terminamos en un taller de 20 mujeres. Fue tal la asistencia que Karen tuvo que donar sus agujas, porque no teníamos suficientes y era muy difícil decir que no. Este taller fue un poco más caótico y nos dividimos en principiantes y continuantes. Yo creo que, más que hablar de los anfibios, nos permitió conocer a una gran parte de las mujeres de la comunidad y que ellas nos conocieran a nosotras, y no solo nos vieran como unas extrañas con botas sucias y aspectos desmejorados que deambulan por la comunidad durante 15 días.

Este tipo de talleres pueden lograr que el acercamiento a la conservación sea diferente, más dinámico, dejando atrás no solo palabras sino una habilidad práctica. Sabemos que, de las 20 personas, la mayoría no terminarán siendo tejedoras, pero va a ser difícil que olviden la experiencia. Esos momentos compartidos, las historias y palabras que intercambiamos entre tejido y tejido se quedaran con nosotras mucho tiempo. A veces olvidamos que la conservación no se trata solo de monitorear una especie y estudiar su historia natural; también se trata de comprender a las personas que viven junto a ellas y que tendrán la oportunidad de protegerlas cada día. Y a veces la mejor manera de conocerlas, es una puntada a la vez.

Escrito conjuntamente por dos becarias EDGE cuyos proyectos se entrelazaron de forma inesperada, esperamos que hayas disfrutado de este blog que explora cómo la conversación, las artes manuales y la comunidad pueden remodelar nuestra forma de abordar la conservación.

Carolina Mildred Rivera González
Exalumna EDGE 2021
Mariam Curbelo Cruz
Becaria EDGE 2024